“El buen teatro nos mantiene vivos”: Patricia Ariza

La actriz, dramaturga y poeta carga sobre sus hombros el legado artístico del Teatro La Candelaria. Aunque este año le ha traído tristezas, ella y sus actores supieron reinventarse en tiempos que exigen que su capacidad creadora llegue a la virtualidad, apoyados en dos becas de recursos LEP. Historia de resistencia.

La primera vez que pisó el teatro La Candelaria, luego de meses obligatorios de encierro, Patricia Ariza no pudo contener las lágrimas. Era junio de 2020. Y no era fácil estar allí, frente a doscientas sillas vacías, sin público, sin aplausos. “Es que el teatro es un acontecimiento vivo. Uno que solo es posible con presencia de actores y espectadores. Es eso lo que le da sentido”, dirá en algún momento.

Aquella vez, Patricia pobló el silencio del teatro con sus pasos leves. El cuerpo le dolía y el alma también. Comenzaba a recuperarse de una complicada cirugía, tras un accidente del que prefiere no dar muchos detalles, justo cuando el mundo se hacía resbaloso por un virus que aún nos mantiene confinados.

Mientras intentaba resolver la vida en medio de esos malos días, recibió dos noticias que aún le quiebran la voz: la muerte del maestro Santiago García, que se despedía para siempre con 91 años a cuestas y un legado en las artes escénicas que marcó a varias generaciones en América Latina. Y la muerte de Fernando ‘Piyó’ Mendoza. Ambos, amigos y cómplices. Ambos, fundadores medio siglo atrás del Teatro La Candelaria.

Lo que inició en 1966 como la Casa de la Cultura, de la mano de un grupo de artistas e intelectuales, liderados por García, que buscaban nuevos caminos de experimentación teatral, en un galpón de la Calle 20 con Carrera 13, se transformaría dos años más tarde en el Teatro La Candelaria, que se levanta en una bella casa colonial de este tradicional barrio del centro bogotano.

Santiago García había tomado el riesgo de retirarse de la Universidad Nacional y fundar un sueño quijotesco que desde sus inicios se propuso promover un diálogo permanente entre artistas, sindicatos y el movimiento estudiantil. Un teatro que trajo consigo a un público exigente, que se acercaba a La Candelaria en búsqueda de respuestas y reflexiones sobre Colombia, siempre tan compleja y visceral.

Era el inicio de una dramaturgia de autor, edificada con procesos de creación colectiva. Un ‘todos ponen’ y un sello estético y político que ha acompañado a La Candelaria hasta hoy. Entre esas paredes nacerían, pues, piezas cardinales del teatro colombiano: La ciudad dorada, Los diez días que estremecieron al mundo, Vida y muerte de Severina, Golpe de Suerte y Guadalupe años sin cuenta.

En todo eso pensaba Patricia, hace poco más de un mes, cuando sembraron las cenizas del maestro Santiago en los jardines del teatro, durante una función privada de Nayra, La Memoria, obra emblemática de la compañía, dirigida por García 15 años atrás, y a la que solo asistieron amigos cercanos.

Con ese sentido dramático del deber, que actores y colaboradores le han reconocido siempre, Patricia supo ponerse a salvo del dolor y los duelos para hacerle frente al reto gigantesco de mantener en pie a La Candelaria en un año que obligó a un largo cierre de teatros y escenarios artísticos.

“Al comienzo fue desconcertante y triste por lo que significa la enfermedad misma del coronavirus y la muerte de millones personas, toda una pesadilla de la humanidad. No sabíamos qué hacer. Es que el teatro ha sido la disciplina más afectada de todas, porque es un acontecimiento vivo, que sucede con el público de manera presencial”, reconoce Patricia, quien nunca se permitió alejarse de la actuación, ni siquiera en los días más amargos del confinamiento.   

Actuaba en el balcón, en los pasillos y en la sala. En las mañanas y en las noches. Grababa videos con monólogos que eran a la vez ensayos y terapias. E instaba a sus actores a hacer lo propio en sus casas. Patricia se las ingeniaba para dirigirlos a través de computadores y pantallas. Y no dejaba ella misma de ensayar. Actuar, dice, es la única manera que conoce para sentirse viva.  

Reinvención en tiempos de pandemia

Por los días en que la pandemia del Covid-19 obligó a Colombia a la cuarentena, La Candelaria preparaba su tradicional festival de teatro alternativo. “Estuvimos a punto de suspenderlo, pero los grupos invitados plantearon la necesidad de mantenerlo a flote”, recuerda la maestra.

La Candelaria se embarcaría así, por primera vez, en un festival virtual. Invitó a las compañías al desafío de grabar sus obras para compartirlas en redes sociales. Aprendió a dialogar con su público a través de medios virtuales. “Y cuál no sería nuestra sorpresa cuando vimos que mucha gente se conectó desde Colombia y otros países, fueron cerca de 190 mil personas. Un verdadero fenómeno, el primer gran acontecimiento cultural que se realizó en medio de la pandemia. Lo hicimos entre el 25 de junio y el 5 de julio, en pleno corazón de la cuarentena”, cuenta Patricia.

Esa respuesta del público fue el impulso necesario que necesitó La Candelaria para no cesar actividades. Lo que siguió después fueron meses de febril actividad: en coproducción con el Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo grabaron una obra que se emitirá por Canal Capital: Nayra, la memoria. Junto a la Corporación Colombiana de Teatro y el Grupo Tramaluna participaron del montaje de Huellas de gente y orines de perro, de la que Patricia es autora y directora.

Refugiados en sus casas y unidos por esos lazos extraños de la tecnología, los actores de La Candelaria se propusieron sacar adelante además dos obras unipersonales, una de ellas interpretada por la propia maestra Ariza: No estoy sola. Una mirada personal sobre la vida y estos tiempos hostiles.

Juntos cuidaron también cada detalle de una coproducción con la Orquesta Filarmónica de Bogotá para llevar a las tablas una versión de La historia del soldado y el combatiente, que para Patricia es una suerte de aporte a la paz de un país que le duele hasta médula, “en el que no se respeta la vida de las mujeres, ni de los líderes sociales que trabajan en las regiones más apartadas”, se le escucha decir a esta dramaturga y poeta.

Como integrante de la organización Defendamos la Paz, a comienzos de octubre lideró también una muestra artística en la que participaron 25 grupos de la Corporación Colombiana de Teatro. Se llamó ‘Muestra de teatro por la defensa de la vida’ y la entrada era totalmente gratuita. Espacios que la redimen y la salvan del extravío: “El teatro este año me ha traído tristezas y hasta días de depresión. También ha sido refugio y permanente inspiración. Ahora mismo tengo sentimientos encontrados, pero me hace feliz ver hacia atrás y advertir que pese a todo no hemos parado y seguimos trabajando”, reflexiona Patricia.

¿Cómo se reinventarán las artes escénicas cuando todo esto pase y el mundo recupere nitidez? Los artistas –está segura– han desarrollado en todo este tiempo una resistencia “poderosa e importante. Muchos de nosotros, en medio de esta situación, estamos creando, experimentando, logrando obras maravillosas”.

La Candelaria ha escrito su reinvención no solo con programación permanente, sino también a través de procesos de formación, como en el que la compañía se embarcó hace algunos meses gracias a una beca de creación en Arte para la Transformación Social, que ganó con la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, a través de recursos de la Ley del Espectáculo Público.

Gracias a esta iniciativa impartieron ocho talleres especializados de Creación Colectiva, de cinco horas cada uno, en formato virtual, dirigido a directores, actores y dramaturgos que se encontraban vinculados a grupos de teatro comunitario y a estudiantes de artes escénicas.

A través de la Corporación Colombiana de Teatro y Tramaluna Teatro apostó, además, –a través de la beca Arte y cultura se crean en casa–  por un proyecto de cuatro meses que busca el proceso de creación y circulación de la obra Teatro Mundi, escrita para esta convocatoria por ella misma.

Su meta, cuenta, es circularla en dos transmisiones virtuales, acompañadas de un conversatorio que permita la interacción de los artistas y la directora con el público. Y anhela que el tiempo le alcance para realizar un proceso de formación de públicos en distintos barrios de Bogotá en los que converse sobre dramaturgia, montaje, fragmentos de obra y dramaturgia nacional. Sobre el teatro como expresión que nos acerca, como celebración permanente de la palabra y la creación.  

Hoy, a la espera de abrir las puertas del teatro, de esa sala que no quiere ver de nuevo vacía, ajusta algunos detalles de bioseguridad y aforo. Está segura de que una de las grandes lecciones que deja esta pandemia es que “la virtualidad nos ha conectado con nuevos públicos. Nos ha encerrado, pero también nos ha señalado el camino para abrir otras puertas y comunicar con otros lenguajes. Entonces, me imagino el futuro del teatro así: como una gran sala, colmada de espectadores que no sabes bien dónde se encuentran, pero que están unidos por una única certeza, que el buen teatro nos mantiene vivos”.

Texto: Lucy Libreros.

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